Cruzando Canada hacia el este. Banff

Escrito por Nacho el 6 de agosto, 2004. Archivado en Crónicas 2003, El regreso a casa

Tras disfrutar de paisajes espectaculares me esperaba la otra cara de la moneda, la dosis de sacrificio con los miles de kilómetros que me separaban aún de la costa este. Me puse en marcha con la intención de acercarme al máximo hasta que mi cuerpo dijese “bájate”, pensando en un viaje con pocas paradas. Pero en Canadá las cosas son diferentes que en USA. Lo que en el papel era un horario Calgary-Toronto, en realidad era una sucesión de trayectos en autobuses que conectaban, pero que te obligaban a recoger la mochila, ponerte en fila para embarcar en el siguiente bus, e ingeniártelas para que te toque ventana y poder dormir un poco. Casi sin darme cuenta se pasaron tres dí­as y sus noches.

Con el pasar de los kilómetros y los cambios de asientos empiezas a sentirte como en familia con el resto de los pasajeros. La mayorí­a eran de Québec. Los más hippies volví­an de hacer la temporada, recogiendo fruta en la provincia de Columbia Británica, y daban un toque alternativo al autobús. El resto volví­an de cursos de inglés en el Oeste, contentos de poder volver a usar la lengua de Moliere. Me sentí­a como en medio de una ola que me llevaba hacia este reducto francés de Norteamérica, así­ que decidí­ que terminarí­a el viaje en Montreal antes de bajar a Nueva York.

Las Rocosas se convirtieron en colinas, y luego en praderas. A diferencia de las llanuras en USA, aquí­ se plantaron árboles para evitar la erosión del terreno, y el paisaje no se hace tan duro. Pero eso no evita los kilómetros interminables de carretera recta, con cereal a ambos lados, sin que la vista pueda ver dónde terminan. Al acercarnos a los Grandes Lagos, el bosque vuelve a ganar terreno, y la carretera se pega a la costa, pasando junto a casas de madera en idí­licas playas. Las canoas dan color a las orillas, y las barcas y veleros rompen la lí­nea del horizonte.

Los conductores hací­an lo posible por hacer el viaje agradable. Como si fueran pilotos de avión nos avisaban de los cambios de hora al cruzar provincias, de las puertas donde estaban los autobuses de los que tení­an que coger una conexión, y de las pelí­culas disponibles, que acabamos viendo dos veces. Al pasar junto a un mirador, paramos para estirar las piernas y disfrutar del paisaje del Lago Superior. En otra ocasión í­bamos con un poco de adelanto sobre el horario, y el conductor preguntó si querí­amos parar en una granja donde hací­an helado artesanal, a lo que el autobús respondió con un “oui” unánime. Parecí­a que era una excursión de escolares.

Un cartel de “arret” me dio la bienvenida a la peculiar provincia de Québec. Pero yo tení­a que seguir viaje hacia el sur. En Filadelfia me esperaba Tom, otro de los profesores voluntarios de Xavier High School, para seguir un curso de repaso de “cómo volver a tener vida social” para ex-habitantes de islas del Pací­fico. Todo comenzó un dí­a en que me propuso bajar al centro de Weno a tomar una cerveza, pero por los avatares de la vida en la isla no pudimos bajar hasta cuatro dí­as más tarde. Allí­ quedamos en que si podí­a me acercarí­a a conocer la vida nocturna de “Fili”. Y no estuvo nada mal, con salsa incluida, y con escapada a la costa de Nueva Jersey para huir del calor, a donde la movida se traslada en verano.

Los edificios del centro histórico de Filadelfia te permiten seguir los pasos de la independencia de las colonias que darí­an lugar a los Estados Unidos. En los alrededores los campos de batalla se han convertido en parques nacionales a visitar, rodeados por zonas de viviendas y centros comerciales. Los distintos barrios están conectados por autopistas, pero las calles forman una red de asfalto que recorre todos los rincones de esta megalópolis en la que se han fusionado las ciudades vecinas. El coche se convierte en casi una necesidad, y aunque la edad para consumir alcohol es 21, con 16 años ya se puede conducir ¿Qué será de este paí­s si el petróleo se pone por las nubes?

La siguiente parada fue Washington DC. Aquí­ los estadounidenses han convertido la construcción de memoriales en un arte que alimenta su particular sentido patriótico. Los hay de todos los tipos, pero los más aparentes son los de los presidentes, y los de las distintas guerras. Nadie nombra los motivos que llevaron a las tropas USA a lugares a los que nadie les invitó, ni hablan de los inocentes muertos, o de los empresarios que se enriquecí­an mientras se destrozaban familias para toda la vida. Sólo se honra a los héroes de un lado, en una historia re-esscrita convenientemente.

La razón de venir hasta aquí­ era visitar los museos Smithsonian. Entre otras cosas querí­a ver cómo cuentan su propia historia a su gente. Cómo cuentan el trato a “Indios”, “negros” e inmigrantes. Y aprendí­ que en los museos no hablan de sufrimientos. Valga como ejemplo la inscripción que acompañaba a un bisonte disecado en la sección de la colonización del Oeste: “este bisonte fue criado en una granja, y murió de muerte natural”. ¿Es acaso más importante el sufrimiento de los animales que el de las personas? Al salir del museo de Historia Natural saboreaba lo que habí­a aprendido en la sección de culturas del mundo, cuando al final de las escaleras me encontré un display que mostraba unos videos de cómo se trata a los pollos en las granjas. Pamela Anderson explicaba en una foto que “por esto soy vegetariana”. Para esto sirve la libertad de expresión que hay que ir a reestablecer a otros paí­ses.

Por suerte no todos los estadounidenses son seguidores del “pan y circo” que inventaron los romanos. Cuando hací­a autostop en las rocosas, la mayor parte de los que me cogieron eran ciudadanos USA que impregnados por la seguridad que transmite Canada se atreví­an a parar a extraños, cosa impensable en su paí­s. Y la conversación era recurrente: ¿Qué opinión tiene Europa de nosotros? Eran conscientes de que la información que les llega no siempre es exacta, y que la polí­tica exterior de Bush está haciendo que más de uno prefiera decir que es canadiense antes que reconocerse como “americano” (pues así­ se autodenominan). Pero no hay que confundir los ciudadanos con la polí­tica exterior de sus lí­deres. Y aunque no trascienda en los medios de comunicación, me alegró el ver que sí­ hay gente que piensa por sí­ misma, y que adopta posturas activas dentro del paí­s en contra de las polí­ticas de su presidente. Pero no sé si eso logrará que el memorial de Iraq sea el último en erigirse.

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Comentarios recientes

  • Juani Lafaja

    11 mayo, 2012 |

    Nacho,por favor, quédate a vivir en alguno de estos sitios de ensueño, y no me quedará más remedio que ir a visitaros “as soon as possible”
    !Qué puesta de Sol”
    Mañana iremos a comer a Tabarca. Nos acordaremos de vosotros (no es Fiji, pero no el agua es cristalina!!)
    Por cierto, sois de las pocas personas en el mundo que vais a disfrutar de un año de 367 días!!!!!!! Sois únicos!!!!!!!!!!
    Abrazoosssssssssssssssss

  • Jose Luis

    10 mayo, 2012 |

    Así que encima LAN os paga una noche en el hotel Explora, joer que suerte tenéis!!!!!!!!!!!!!!! cuando nosotros estuvimos lo estaban construyendo…

  • Pelu

    29 abril, 2012 |

    Qué chulo, y q interesante tooooodo :)
    El mapa mundi es buenísimo :) Aquí siempre hemos visto a Australia y Nueva Zelanda al final del mapa, casi en una esquina por abajo, saliéndose. Y sin embargo así se ve en el centro de todo.
    Qué envidia (con significado bueno :) ) me dais :)
    Muchos besos chiquis. Seguid disfrutando y contando…
    Os queremos y os echamos de menos.
    Muac & requetemuac

  • Pablo

    17 abril, 2012 |

    Hola Pareja,
    Divertida la foto de los pingüinos para estas latitudes.
    Un abrazo y buen viaje.

  • Sir Lozano

    15 abril, 2012 |

    Buenisima cronica la de esa isla de nombre raro…bellas playas… sólo falta alguna cascada espectacular! ;)