Al vivir aquí, me doy cuenta de lo ambicioso de mi idea de llegar a Chuuk sin avión. Llegar barcos llegan, pero cuándo llegan y de dónde vienen parece uno de los retos más grandes que se le pueden plantear a un adivino. Está a desmano de las grandes rutas desde el tiempo de los exploradores españoles, y hace menos de doscientos años que la sacamos a la fuerza de su apacible aislamiento.
En el primer paseo por las instalaciones me llamó la atención el edificio principal. Puertas y ventanas de acero. Muros gruesos de hormigón armado. No parecía la forma isleña de protegerse del calor, ni el formato ideal de colegio. Se trataba de un antiguo centro japonés de radiocomunicaciones de la segunda guerra mundial.
Tres de enero. Llegó el día. Hago la maleta por última vez y, milagrosamente, cabe todo dentro. De camino al aeropuerto miro con nostalgia los altos edificios de Bangkok. Es el fin de un capítulo que ha durado cinco meses. A la vez, es el comienzo de otro completamente desconocido.



