A pesar de la cantidad de islas que tiene Chuuk, cada una particular a su manera, es sólo una pequeña parte de la diversidad de Micronesia. En Xavier High School hay un poco de cada rincón, y la celebración del día cultural se convierte en la ocasión para los isleños de conocer un poco de la cultura de esas otras islas de las que tanto han oído hablar y que quizás sus antepasados visitaban con asiduidad. A mí me mostró un mundo nuevo, del que no conocía ni que existía, y al que poco a poco me he ido asomando; y ahora os cuento.
Al venir a Chuuk creía que era lo más remoto que podría encontrarme en el Pacífico. Estaba equivocado. Entre las principales islas hay cientos de islas más pequeñas habitadas, esparcidas a todo lo ancho del Océano. El grado en que conservan el modo antiguo de vivir depende de manera inversa a la frecuencia de su contacto con el mundo exterior. He tenido la suerte de pasar unos días en un par de ellas, y me he sentido tratado como un verdadero rey, fruto de la hospitalidad isleña. Si así eran tratados los marineros que se aprovisionaban de víveres frescos, no me extraña que al tener que regresar a la vida en el mar causasen más de algún motín.
Al atardecer, los muelles de Weno están en pleno bullicio. Es la hora de volver a casa, y las lanchas esperan a sus pasajeros para partir a alguna de las islas del atolón. Desde los 230m del monte Tonaachau, el horizonte del ocaso no se pierde en el mar. Las otras islas se recortan en el horizonte, con el espectáculo de las pequeñas motoras abandonando el “centro” y saliendo al mar dorado, como fuegos artificiales.
Todos tenemos una imagen de esa isla desierta a la que te preguntan qué tres cosas te llevarías. Cuando llegó el día en que eché el pie a tierra en una, sólo llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Y tampoco me importó que ni Halle Berry ni las otras dos cosas estuvieran aquí.



