A pesar del número de trenes nocturnos entre San Petersburgo y Moscú, debe ser que los grupos ocupan todas las camas y con tres dÃÂas de antelación sólo pude conseguir un asiento. Asàque llegué a la capital rusa lloviendo y medio dormido. A pesar de eso la ciudad se encarga enseguida de despertarte con su ritmo vibrante de capital del paÃÂs más grande del mundo.
Puede que la frontera en Narva sea una de las más monumentales que he visto. Dos castillos se miran frente a frente a ambos lados del rÃÂo, uno con la bandera estona y el otro con la rusa. Pienso un segundo en sacar una foto, pero desisto no vaya a ser que entremos en Rusia con el pie izquierdo. La agente de fronteras hojea el pasaporte en unos instantes que me parecen eternos, hasta que se decide a ponerme el sello. Entré.
Nueva etapa en estos desconocidos paÃÂses bálticos, pero ahora se le suma que el idioma estonio no se parece para nada a alguno conocido. Empiezan las dificultades para saber qué es lo que comes, por ejemplo.
Mis compañeros de albergue, Daniel y Atilio, italianos, me llevan a Tallin en coche. Nos alojamos en otra residencia estudiantil un poco alejadilla, pero es que si vas por el centro los precios están por las nubes.
Finalmente decido cruzar a Riga. La otra opción era Tallin, pero el recuerdo de los 900 muertos cuando el Estonia se hundió en el 94 haciendo ese recorrido me hacen decidirme por la capital Letona. Durante más de dos horas el Baltic Kristina juega al escondite con otros 4 barcos a través de los canales del archipiélago hasta llegar a mar abierto.



