Tras muchos esfuerzos por fin me embarcaba en el barco que me llevarÃÂa a América. HabÃÂa conseguido encontrar un carguero que aceptaba pasaje y podrÃÂa continuar la ruta sin coger el avión. El ritmo frenético del puerto, con los camiones, los containeres que vuelan, y el golpear de metales, cesó, y empezamos las maniobras para hacernos a la mar. El sol se ponÃÂa mientras abandonábamos el puerto de Tokio, convirtiendo las grúas plegadas en gigantescas aves metálicas. Durante los siguientes dÃÂas sólo verÃÂa agua.
Siempre hemos oÃÂdo que Japón es carÃÂsimo, y parece que uno se deja el destino para la edad dorada en que pueda viajar despreocupándose del dinero. Los azares de evitar el avión me pusieron el Imperio del Sol en el camino, y allàque me lancé con mi mochila, pues las últimas informaciones indicaban que podrÃÂa haber barco en Tokio. Tras haber estado en el ex-territorio imperial japonés de Chuuk, tenÃÂa ganas de visitar la ex-metrópoli. Y no es tan difÃÂcil. Con un poco de maña tampoco te rompe el presupuesto tanto como uno imaginaba.
SabÃÂa muy poco de Corea. Iba a ser nada más que un tránsito entre China y Japón en mi ruta sin aviones y no esperaba nada especial. Pero quizás por eso me sorprendió y me detuve un poco, siempre menos de lo deseado, en un paÃÂs que anuncia con música clásica la próxima estación del metro, y rescata sus ruinas reinventando fotogénicas atracciones turÃÂsticas.
El curso terminó, con fiesta de graduación incluida, y tocó despedirse del paraÃÂso tropical y volverse a poner en marcha. Llegaba el momento de volver a coger un avión para llegar al Asia continental y cerrar asàel paréntesis abierto unos meses atrás en la ruta terrestre. Momentos tristes de despedidas, pero también de nuevos retos a los que enfrentarse cada dÃÂa. Pero habÃÂa una cosa no se me quitaba de la cabeza: empezaba el regreso y mentalmente es una sensación distinta. Quedan por delante paÃÂses interesantes, como Japón, pero ya hay un horizonte en la lejanÃÂa: España.



