Aunque había embarcado en Montreal, al remontar el río camino de Amberes me sentía un marinero que llegaba de mucho más lejos. Navegaba por aguas que siglos atrás recorrían los cargueros provenientes del rico comercio de las Islas de las Especias. Y yo en el fondo llegaba de la misma zona, del otro lado del mundo, de la isla de Chuuk tras innumerables trasbordos. Y al desembarcar una lluviosa mañana en Bélgica me sentía ya como en casa, aunque sólo fuera por usar el euro y pisar el viejo continente.
Encontré un barco que me llevase a Europa. Un carguero que sale de Montreal y va hasta Amberes. Tras tantos kilómetros e intentos, las cosas parecen ponerse de mi parte, y podré cruzar el Atlántico sin avión. Comienza el fin, aunque como postre Nueva York y Québec no son una mala despedida al viejo continente.
Tras disfrutar de paisajes espectaculares me esperaba la otra cara de la moneda, la dosis de sacrificio con los miles de kilómetros que me separaban aún de la costa este. Me puse en marcha con la intención de acercarme al máximo hasta que mi cuerpo dijese “bájate”, pensando en un viaje con pocas paradas. Pero en Canadá las cosas son diferentes que en USA. Lo que en el papel era un horario Calgary-Toronto, en realidad era una sucesión de trayectos en autobuses que conectaban, pero que te obligaban a recoger la mochila, ponerte en fila para embarcar en el siguiente bus, e ingeniártelas para que te toque ventana y poder dormir un poco. Casi sin darme cuenta se pasaron tres días y sus noches.
En Japón se dice que hacer la peregrinación a la cima del Monte Fuji una vez en la vida es de sabios. Subirlo dos veces es de idiotas. Eso mismo pensaba yo cuando empaquetaba la mochila. Había cruzado USA en el ´94 siguiendo las rutas de las caravanas de colonos, y al llegar al Pacífico tardé segundos en buscar un avión para la vuelta, prometiéndome que una y no más. Ahora estaba a punto de volverlo a hacer, bocazas de mí, y sentía una pereza enorme. Sólo el camino recorrido sin avión hasta aquí me dio energía para seguir.



