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La sola mención de la palabra polinesia evoca la imagen de playas blancas, rodeadas de cocoteros que se inclinan sobre aguas cristalinas, vahines sonrientes danzando sensualmente, y hospitalidad capaz de amotinar tripulaciones para resistirse a abandonar estos parajes. Para mà añadÃa la dificultad de poder visitar las Islas de la Sociedad, la peculiar región francesa, sin dinamitar el presupuesto del viaje, pues es uno de los destinos más caros del planeta.
Los dÃas de Fiji iban a ser una parada para descansar y planear lo que nos quedaba de viaje. Los caprichosos ciclones los convirtieron en dÃas de incertidumbre y stress, sin saber si Ãbamos a poder ir a la isla. Nuestro siguiente vuelo salÃa de allÃ, asà que tenÃamos que llegar fuera como fuera. Cuando intentábamos encontrar asientos en los vuelos que empezaban a salir, la señora de la aerolÃnea nos mostraba fotos de Nadi inundada, y nos repetÃa que no era buen momento para ir a las islas. Por si fuera poco, otros viajeros que consiguieron asientos en un vuelo anterior al nuestro, llegaron al aeropuerto y les denegaron el embarque al haber overbooking.
Las antÃpodas, el lugar donde las personas están boca abajo, al revés que nosotros. Esa es una de las primeras cosas que te vienen a la cabeza cuando piensas en el otro lado del globo. Después de pasar unos meses por esos lugares, uno se olvida de las bromas fáciles y queda sorprendido por la cantidad de cosas que son verdaderamente diferentes a las de nuestro lado del mundo.
Uno de los atractivos de viajar por Nueva Zelanda es que en unos pocos kilómetros el paisaje puede variar mucho, con lo que siempre hay cosas nuevas. En la isla norte le toca el turno a los volcanes, a la fruta kiwi, y a la presencia humana. Tras muchos kilómetros con muy poco tráfico, en la isla norte se nota que en el paÃs vive gente, y que al conducir son muy impacientes con los vehÃculos lentos, pegándose a la parte trasera del vehÃculo. Como si con eso se pudieran subir las cuestas más deprisa.

